Desde la cuneta

Quedará precioso

Por lo general tengo una muy mala opinión del ser humano. Así, como concepto. Con una atención especial a los franceses. A los ingleses no los incluyo porque, como bien sabemos todos, no son personas.

En cualquier caso, como iba diciendo, no me gustan las personas. Mi vida ha consistido en una lucha constante entre la aversión a la gente y la necesidad de ser el centro de atención. Un dilema complicado cuya conclusión, por el momento, ha sido aceptar un punto intermedio satisfactorio para ambas pulsiones: vivir en una casa aislada a las afueras y trabajar de noche en una oficina vacía, pero escribir para quien quiera leerme. Ni pa ti ni pa mí.

Creo que en cierta medida todos compartimos esa aversión, sólo varía el grado. La intensidad. Incluso el tipo más gregario del mundo desearía tener una pistola cargada cuando una veintena de ciclistas en columna de a tres ocupa la íntegra totalidad del carril a las ocho de la mañana de un domingo. O aprieta los dientes cuando el anónimo de turno deja el SUV aparcado entre dos plazas. Puntos de más cuando el anónimo se convierte, como es costumbre, en una magnífica Charo de pata negra.

Quizá mi problema es no tener fe. Aquello de la moral cristiana. La otra mejilla, perdonar al prójimo. Pero incluso Su Santidad Juan Pablo II, bendito sea en su gloria, le daría un guantazo a gente así. Lo pongo a él de ejemplo porque del argentino ya sabemos que sí. Que él sí le daría una torta con la mano abierta. ¡Menuda la dio a aquella china!

Me voy por las ramas.

Decía: no soy demasiado amigo de la gente. Pero sucede que, a veces, te dan sorpresas. Paras el coche en un paso de cebra y el abuelo cruzando te da las gracias con la mano. Alguien se descubre al ponerse bajo techo. Un crío te mira, sonríe y te saluda. Pequeños detalles evitando mi metamorfosis en un loco homicida ejerciendo la verdadera «justicia social» hacha en mano. Hoy he vivido uno de esos momentos.

De un tiempo a esta parte me gusta entrar en la oficina a horas diferentes a la habitual. En parte para hacerme menos previsible (manías marciales que coje uno. También cambio la ruta al trabajo de vez en cuando), pero también por el paisanaje. Por ver a la gente fuera de su horario habitual. Esto me ha reportado bastantes menos alegrías que enfados, por otra parte. Anteayer, sin ir más lejos, entré a uno de los módulos para encontrarme a la mujer de la limpieza con los pies descalzos encima de la mesa viendo vídeos a todo trapo en el móvil. ¡Ni siquiera se inmutó, la tía! Alzó la mirada, saludó con la cabeza y siguió a lo suyo. Esta hace poco se quejaba amargamente porque la baja laborar de una de sus compañeras implicaba mayor carga de trabajo para ella. Ya.

¿Os acordáis lo que decía del hacha?

El caso es que hoy estaban abrillantando con una pulidora. La manejaba un hispano bajito, nervudo, con la piel curtida y morena, casi negro. Debía tener unos sesenta años. Los brazos en tensión por el esfuerzo de controlar la pesada máquina. Ojos fijos en la faena, ceño fruncido. Al verme salir del ascensor la detuvo de inmediato. Nos saludamos e intercambiamos unas cortesías. «¿Cómo está usted?», «¿Le queda mucha faena?», lo típico. Estaba haciendo un buen trabajo, la diferencia con la zona no pulida era obvia.

-¡Esto está quedando estupendo! Da gusto verlo.

Me miró en silencio durante un segundo largo. La mascarilla no fue capaz de ocultar cómo se formaba una sonrisa. Lo decían sus ojos. La forma de llevarse las manos a la cadera. La espalda recta.

-Es el mármol —respondió hablando despacio, sereno—. Es un buen mármol —Se detuvo otro momento. La sonrisa le entrecerró los ojos—. Quedará precioso.

Había algo en sus palabras. El tono, la pronunciación. La calma. Lo reconocí de inmediato. Era algo repetido mil veces cuando aún vestía uniforme y bandera de España en el hombro: la íntima satisfacción del deber cumplido.

Quedará precioso. No era una observación casual, sino una declaración de intenciones. Él lo haría quedar precioso. Con su esfuerzo, su trabajo, sus ganas. Con su voluntad de hacer las cosas de la mejor manera posible.

En una sociedad donde impera la ley del mínimo esfuerzo, donde la gente busca cobrar sin trabajar, sentarse con los pies encima de la mesa…

¿Cómo no reconciliarte con la humanidad al oír eso?

Quedará precioso.

Estoy convencido.

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