Desde la cuneta

De autoridad (1)

La semana pasada iba con la furgoneta de camino al trabajo cuando vi un coche de la Guardia Urbana, la policía local de Barcelona, detenerse en una zona de parada de taxi. No puso los pirulos ni tiró de sirena. De hecho, ni siquiera usó el intermitente. Simple y llano, se saltó el carril bus y paró. Como íbamos al mismo sitio, el supermercado de la zona, lo imité.


Paré detrás suyo, ya en zona de descarga, puse las luces de emergencia, bajé. Al mismo tiempo, del patrulla bajaron dos agentes. Mujeres cercando la cuarentena, en buena condición física, atractivas incluso en el poco favorecedor uniforme de la policía. Una de ellas con el teléfono móvil en la mano.


Tengo costumbre de saludar a los policías de servicio, sea con una leve inclinación de cabeza, bien con un escueto «buen servicio». Aunque los tiempos estén cambiando y hoy en día sea casi un crimen acercarse a una desconocida, no iba a ser menos con ellas. Soy un tipo anticuado. O quizá por ser nieto (por partida doble) de la Guardia Civil. Tal vez fue vestir uniforme la mayor parte de mi vida laboral. En cualquier caso, al acercarme a ellas (íbamos al mismo sitio, repito), la conductora alzó la barbilla e hinchó el pecho.


Mala señal.

-Tú sabes que esto no lo puedes hacer, ¿verdad?


La miré sin comprender muy bien a qué se refería. Como de costumbre, llevé la mano a la barba antes de responder, una especie de mecanismo de defensa instintivo utilizado por quienes, como yo, no tienen demasiada confianza en sí mismos.

-Buenas tardes, agente. ¿Hay algún problema?

-Que no puedes dejar el coche ahí. No es un vehículo comercial.


Alcé una ceja, extrañado.

-Su coche no parece un taxi, agente.

– Nosotros vamos a parte.


Fruncí el ceño. Respeto la autoridad, pero llevo regular el abuso de ella. Iba a responder de malas maneras cuando la agente prosiguió con la amonestación. No podía dejar el coche ahí, insistió. Qué me había pensado, justo detrás de un coche patrulla, con la policía delante. La escuché en silencio. Tras unos segundos, acrecentada tal vez por mi pasividad, añadió ufana:

-Podría proponerte por una sanción administrativa, ¿sabes?


Eso fue demasiado.

-Mire, agente, con el debido respeto: haga lo que deba. Yo entro a trabajar en quince minutos y voy a comprarme la cena. Póngame una multa, píncheme las ruedas del coche o llame a una grúa, pero tengo cosas que hacer.

-No -respondió, quizá un tanto sorprendida por el escaso valor dado a su bravata-, si te lo decía para que lo supieses.

-Pues ahora ya lo sé -zanjé molesto-. Si me permite.


Eché a andar hacia el supermercado seguido por las agentes a una distancia prudencial, mascando en silencio el enfado. Entonces sucedió la magia. La vida, en ocasiones, pone a nuestro alcance pequeñas satisfacciones, vasitos de miel para aliviarnos la bilis diaria. En esta ocasión, en forma de delincuentes.


Eran media docena de niños de Teresa Rodríguez. No falla. Chándal, gorras, “música” del criminal repugnante de Morad, patinetes, riñoneras Gucci. El olor a chocolate, el humo, la actitud. Navajeros del tres al cuarto, el tipo de gentuza no adecuada para la puerta de un supermercado a las cinco y cuarto de la tarde.


Sonreí para mis adentros. El par de agentes, tan celosas respecto al adecuado cumplimiento del reglamento de circulación, sin duda se batirían el cobre con los muchachos. Documentación, manos en la pared, requisa de estupefacientes y navajas, lo básico. Sonreí porque sabía de antemano cómo iban a proceder.


Me adelantaron.


Iban un par de metros por detrás de mí, pero entraron al supermercado por delante de un servidor. Mirada al infinito militar una, anclada al móvil la otra. Ahogué una carcajada amarga en el fondo de la garganta. No la dejé salir para no ofender a las agentes.


A fin de cuentas, yo no fumaba porros con una navaja en el bolsillo. Sólo soy un currela con una Renault Kangoo y el mismo forro polar del Ejército desde 2015.


Resulta curioso cómo cambian las cosas. La imperiosa voluntad de cumplir con el deber y hacer acatar la legislación vigente de dos policías en nómina y servicio duró lo que tarden en presentarse problemas por ello. El guante de seda con el delincuente, puño de hierro con el hombre honrado.


El verdadero problema aquí no es la diferencia de trato, no obstante. Eso sería quedarse en lo superficial, nada más lejos de mi intención. El problema real es no predicar con el ejemplo.


El hombre que pretenda dar lecciones debe hacerlo desde su propio ejemplo. Cumplir primero con las obligaciones y deberes propios antes de exigir a los demás lo mismo. Lo contrario, además de hipócrita, comporta un perjuicio elemental: la pérdida absoluta de criterio de autoridad.


Si retiramos la autoridad a un agente de la autoridad… ¿Qué queda?

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