Desde la cuneta

La Patria se defiende hasta las últimas consecuencias

Por: Víctor Torres

Es algo tan simple, tan natural, tan intrínseco a la razón humana.

Sin embargo, incluso los valores más innatos a nuestra raza se ven atacados hoy en día. No es de extrañar, por otra parte. En un tiempo en que la dualidad hombre-mujer se ha convertido en sujeto de debate, raro sería no acabar llegando a las manos para defender el azul del cielo o la característica humedad del agua. Nada hizo más daño al hombre que el nihilismo hedonista donde nos hemos afincado los occidentales. Quizá es tema para otro artículo.

Si bien algún gurú de las ciencias políticas podrá venir a discutirme el significado de la palabra Patria -su extensión, virtudes, identificación (o no) con el estado y un larguísimo etcétera- lo dicho a modo de apertura de esta columna seguiría siendo válido. Incluso si tu Patria es el rellano de casa, su defensa debe hacerse con la máxima fuerza posible, haciendo uso de todos los medios disponibles. Hasta el final.

No hace falta irse a Ucrania para ejemplificarlo. Algunos sois demasiado jóvenes para recordarlo, pero hace seis meses un anciano de 77 años le metió tres taponazos a un individuo que, motosierra en mano, se coló en su casa. Sigue en prisión, por cierto. Consecuencias, justas o no, de su defensa de la patria chica. De su hogar.

Me permito esta larga introducción para hablar de las últimas palabras del finado vicepresidente de vete a saber tú qué cojones, Pablo Iglesias. En unas declaraciones absolutamente vergonzantes hechas ayer en Hora25, de la SER, Rat-man decía que «Es terrible cuando se habla del heroísmo de un señor de cincuenta y cinco años que va con una escopeta de caza a hacer frente al ejército ruso». No contento con esto, añadió que «Hay que tener cuidado con esto del heroísmo».

Dejando de lado cuánto me gustaría ver al exmarido de Irene Montero explicar qué es el heroísmo desde su punto de vista, tan retorcido como su dentadura, esas palabras lo retratan. No hay heroísmo, se entiende de sus biliosas palabras, en el abnegado sacrificio de un hombre dispuesto a darlo todo por la Patria. Lo hay, como dijo uno de sus adláteres, en pagar impuestos. Me pregunto si el problema del ex Marqués no es tanto con el sacrificio voluntario de quien desea defender su país como con el hecho de perder un contribuyente.

Al final, un muerto no puede pagarle el sueldo.

Pero la ponzoña sigue, por supuesto. En un descarado atropello de las más básicas normas de sintaxis, sus siguientes declaraciones (citadas textualmente) son: «quien defiende su ciudad frente a un ejército profesional entrenado y bien armado está muy cerca de que vivamos una tragedia que nadie con dos dedos de frente pudiera asumir». Quizá se resume mejor con la oración anterior, «los civiles armados enfrentándose a un ejército profesional bien armado es el preámbulo de una tragedia».

Lo primero, este señor llegó a vicepresidente del gobierno. Un cobarde apátrida incapaz de conjugar sujeto, verbo y predicado. Sin embargo, dejando de lado el ataque contra su persona (merecido y siempre deseable), me gustaría observar un detalle. ¿Opinaría Iglesias lo mismo si fuese una invasión estadounidense a una nación no caucásica?

Recordemos, este tipo es el defensor de la causa Palestina. De ETA. El que llamaba a quemar las calles si perdían las elecciones andaluzas. Por utilizar las palabras de otra alimaña de su calibre y cuerda ideológica (no vayan a increparme por leer sólo a heterofasciopatriarcas capitalistas), el infame y miserable Luis Gonzalo Segura, si sólo condenas una guerra, no estás a favor de la paz, estás a favor de un bando.

Habría que ver si se mostraba tan preocupado por la integridad de los ciudadanos o por prevenir tragedias si el asaltante no fuese de su cuerda.

Pero bueno, es la izquierda. Cabalgando contradicciones, que decía. La hipocresía como trabajo. Como forma de vida. El problema no es él. Por lo menos, no todo.

El verdadero problema es vernos en un punto de degradación moral, decadencia absoluta de las virtudes mínimos del hombre, en el cual hacer estas declaraciones es posible. Reconocer sin sonrojarse el deseo de ponerse de perfil ante una invasión enemiga, no sólo eso, sino criticar también a la persona incapaz de comportarse de forma tan cobarde, sabiendo en su fuero interno que dichas declaraciones no van a afectarle.

Haber creado una sociedad donde ser un apátrida no te lleva al ostracismo absoluto, sino a ser vicepresidente del gobierno y a tener micrófono en los principales medio de comunicación.

Donde ser un cobarde no sólo es aceptable, sino que ser un héroe es motivo de crítica.

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