Desde la cuneta

De mi abuelo

Esta noche he visto a mi abuelo.

Por primera vez desde hace más de diez años, los que lleva sentado a la diestra del Señor. Si fuese un hombre de fe, pensaría en una aparición. Así de vivido ha sido el sueño con que me ha obsequiado el cerebro esta noche. Se lo ha cobrado caro, pero valió la pena cada segundo.

En mi sueño aparecía tal como lo recuerdo de cuando era niño. Con su traje tres piezas impoluto, la corbata ajustada con la perfección de quien la ha usado todos los días de su vida. Las mejillas rasuradas a cuchilla, sólo un fino bigote blanco de galán de los cuarenta sobre el labio. Las gafas de concha doradas, el cabello plateado, el andar lento, cuidadoso.

Nos encontrábamos por la calle, pero yo era ya un adulto. Me miró con una de esas sonrisas amplias, las reservadas a su familia. Me reconoció pese a no parecerme en nada al niño que conoció como su nieto. Tampoco parecía reparar en la década pasada. Sólo sonrió y abrió los brazos. Ni qué decir tiene, lo abracé. Olía a él. A su loción de afeitado.

Me daba palmadas suaves en la espalda, siempre cuidadoso con sus gestos, manteniendo la compostura.

Cuando nos separamos, le pedí perdón.

No pareció entender el motivo. Se lo volví a decir. Perdón por no haberle dedicado suficiente tiempo, por no visitarlo más, por no saber de qué hablar con él cuando era niño. Por muchas cosas que, pensado con frialdad, tampoco eran culpa de nadie. Pero que, sin saberlo, llevaban media vida royéndome las entrañas en silencio. Quizá de mis pocos remordimientos.

Dije al principio que si fuese hombre de fe, vería lo de esta noche como una aparición. Solo de esta forma explico la respuesta de mi abuelo. Tan suya, tan auténtica, que el patriarca de los Torres pareció volver a la vida por un segundo, justo frente a mí.

Me separó un poco, lo justo para mirarme a los ojos por encima de sus gafas y acentuó su ya amplia sonrisa.

Bueno, bueno. No te preocupes, Vitito. Si quieres nos vemos más, ¿qué haces mañana?

Me desperté al escucharle, como si su voz fuese la señal para terminar el encuentro. Todavía tengo un nudo en el estómago al escribir estas líneas.

Porque da igual qué haga mañana, no podré ver a mi abuelo. El José Torres del sueño no lo sabía, no podía saberlo. O quizá sí.

Quizá era una señal. Un mensaje para recordarme que pase más tiempo con los míos. Que vaya a ver a mis padres, a mis tíos. A todos aquellos que algún día sólo podré abrazar en sueños.

¿Qué haces mañana?

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Aunque últimamente asoma la patita en Instagram: @vtorresalonso

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