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Desde la cuneta

De los juegos de azar

Es quizá uno de los recuerdos más nítidos de mi niñez y quiero compartirlo con vosotros por su importancia en la forja del hombre en quien acabé convirtiéndome. Por la moraleja. Los muchos mensajes ocultos tras una pequeña anécdota infantil.

Estábamos sentados alrededor de la enorme mesa de mi tía. Habíamos acabado de comer, mi tío recogía los platos y a alguien se le ocurrió jugar a las cartas. Me enseñaron lo básico, echamos unas manos, todos lo pasábamos bien.

Encabezaba la mesa el venerable patriarca de los Torres, mi abuelo José. Impecable en traje y corbata, señoreaba las reuniones familiares sentado en una butaca de caoba, su butaca. Siempre pensé que su estricta forma de vestir, perenne tres piezas, formaba parte de la costumbre disciplinada de sus años marciales: luchó la guerra civil y después fue Guardia Civil hasta su jubilación.

Carraspeó al vernos poner varias monedas de cien pesetas encima del tapete.

No hizo falta más.

Ante mi sorpresa estupefacta, los adultos recogieron todo sin mediar palabra. Ni siquiera una mirada.

Cuando la mesa estuvo de nuevo limpia y los adultos se disgregaron por el salón a mantener sus propias conversaciones, el venerable José Torres me llamó con un gesto suave de sus manos pequeñas, delicadas, de anciano. Me acerqué obediente y me dedicó una perla de sabiduría que me ha acompañado toda la vida, un eje troncal quien acabé siendo:

  • Vitito —susurró. Jamás lo vi alzar la voz—, los juegos de azar destruyen familias.

La autoridad del veterano cabeza de familia era inapelable en el seno del clan. Iba más allá de tener su propio asiento y lugar en la mesa. Incluso en las conversaciones más ruidosas, sólo necesitaba mover el fino bigote blanco. El silencio se hacía de inmediato. Si quedaba algún despistado, cualquiera de sus hijos avisaba con un tajante: «¡Callad todos! Que va a hablar Don José».

A mí siempre me sorprendió ese trato, el respeto convertido casi en veneración. Sobre todo, porque José Torres no parecía un hombre estricto o imponente.

Sentado desde su butaca contemplaba las reuniones familiares con una sonrisa permanente en el rostro, los dedos entrelazados sobre el regazo, hablando con voz suave con un casi imperceptible acento gallego. Disfrutando desde lo más profundo de su corazón reunirse con sus hijos y nietos.

Los juegos de azar destruyen familias.

Es una frase sencilla. Un tópico incluso. Pero detrás había noventa años de vida. De sabiduría. De ver a ludópatas dejarse el dinero de la universidad de sus hijos en timbas, alcohólicos abrazados a la palanca de la máquina tragaperras, pobres diablos fundiéndose el sueldo en los galgos. De un hombre maduro adaptándose a vivir sin uniforme. De un padre de familia en traje verde oliva y tricornio viendo el mundo cambiar. De un joven con el fusil al hombro mientras los hombres mueren a su alrededor. De un ebanista adolescente uniéndose a un sindicato.

Los juegos de azar destruyen familias.

Y me doy cuenta del hombre tan afortunado que he sido. Crecí viendo a mi abuelo, teniendo acceso a sus consejos, a toda una vida de experiencias. Aunque no lo aproveché como debía, si obtuve cosas. Pequeñas perlas. ¿Cuántos ancianos se marchitan miserablemente en asilos? ¿Cuántos desperdician su sabiduría anclados a una butaca, solos, abandonados por hijos demasiado ocupados con sus trabajos, sus vidas?

¿Cuántos venerables José Torres se sientan a la cabeza de una mesa, impecables en su traje y corbata, a contemplar como su familia se reúne, calla cuando él habla, con sus finas manos de anciano entrelazadas y una sonrisa satisfecha en los labios?

Los juegos de azar destruyen familias.

Me pregunto a veces si esos juegos de azar eran los naipes. Si no nos estaremos jugando al azar nuestro futuro, nuestras familias, al renunciar a la sabiduría de nuestros ancianos. A quien beneficia que nos alejemos de los conocimientos pasados generación tras generación, nuestras tradiciones, nuestra cultura. Nuestro lugar en el mundo.

Pero, sobre todo, doy gracias a mi abuelo, sentado a la diestra de Dios, por el consejo. Una frase que es tanto en tan poco.

Los juegos de azar destruyen familias.

Por Víctor Torres Alonso

Víctor Torres Alonso

Padre. Marido. Español. Escribo libros mal y forjo cuchillos bastante peor. Pásate a saludar por mi cuenta de Twitter: https://twitter.com/VTorresAlonso

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