Tinta y Ceniza

Qué soy yo sin ti, mi Señor

¿Qué soy yo sin ti, mi Señor? Soy como un lienzo sin pintar, soy una playa sin arena, soy como la noche sin la luna y es que… ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor?

El amor es sacrificio, Tú lo mostraste en la cruz; soportaste el peso de los pecados de un mundo que te da la espalda, mientras que a mí el peso de mis pecados, incluso los ya perdonados, está por matarme de la pena. El pecho se me oprime, sabiendo que la sangre que sudas es por mi causa, el corazón se me desgarra pensando que uno de esos latigazos te lo di yo. Ni treinta monedas me han ofrecido y soy parte de la traición que te hizo acabar en esa Cruz que bendijo al mundo, pero que yo maldigo. Peco y mi alma llora, peco y mi rostro no se conmueve, peco y me falta el aire, peco y me pregunto, ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor?

Soy como un guitarra sin cuerdas, soy como una caricia sin dueño, soy un peregrino sin camino y es que, ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor? Sin amor no somos nada, dice San Pablo. Tú eres el Amor, pero también Justicia, una Justicia que, al contrario de lo que muchos piensan, es como la caricia de una madre, pues estando yo perdido y siendo lo que soy, una oveja perdida, cuando te llamé me tendiste la mano para dejarme entrar en tu redil. Sin embargo, soy un desagradecido: me diste la mano y te cogí el brazo. Tú me hiciste salado y cada día soy más soso.

Mi Señor, dame fuerzas para volver a ti, el único camino, porque sin ti estoy perdido en la oscuridad y es que, ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor? Soy una oveja sin su pastor, soy un súbdito sin su rey, soy como un campo sin segar, ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor? Durante casi 20 años me hice esta pregunta, hasta que tú me respondiste con otra: “¿Por qué huyes de mí?”.

Desde entonces trato de averiguar cómo ser para ti, pero el pecado deja una herida, y a veces lo oscurece todo, y mi corazón se entristece pensando que no estás conmigo, pero Tú sabes que eres el único que me acompaña, pues la soledad es mi más fiel compañera y carcelera. Mi cabeza me recuerda que Tú no rompes tus promesas y que no se ha de turbar mi corazón, pues cuento contigo, hasta el fin del mundo. No sé cómo ser para ti, mi Señor, me siento indigno, tengo ganas de llorar cuando pienso en lo minúsculo que me debes ver, sobre todo cuando peco. Tengo ganas de llorar cuando te pienso llorando por mis pecados, tengo miedo, mi Señor, de que te canses de mí y que en mi cabeza vuelva a resonar esa pregunta que me atormenta: ¿Qué soy yo sin ti, mi Señor?

Y es que, sin ti, solo soy un guía hacía mi propia destrucción.

-Ludwig-

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