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Diecinueve de febrero de dos mil veintiuno

Ya no recuerdo cómo he despertado, ni cuándo. Sí recuerdo que cuando he abierto los ojos ya tenía una estaca pequeña clavada en la frente, a la derecha y algo por encima del ojo. Con sus altibajos, no se ha ido en toda la mañana. 

Saco el tabaco (lo cultiva un amigo en Ciudad Real, lo seco y lo pico yo en casa), los papeles y filtros OCB biodegradables y empiezo a liarme un cigarrillo. Además de la estaca, llevo todo el día sintiendo algo barruntando. Pasea entre el estómago, el pecho, a veces sube un poco por la garganta, y vuelve a bajar al pecho, donde boicotea mi respiración. Cargo el cigarrillo y lo enciendo con una cerilla del bar de debajo de mi casa. Sí, siguen teniendo cerillas con el logo del bar. Abro espotifai y doy al play. 

Jack Johnson, Big Sur. El corazón da un pequeño brinco de frescura y primavera, y me permito una sonrisa. Pienso en Lunes, mi epagneul breton naranja, corriendo por el Encinar de las Rozas, triscando, como decía mi madre. Pienso en la vieja guitarra, los libros de pájaros, los de rocas, la navaja, la baraja de cartas. Siento un placer y una paz momentáneas. Suspiro la paz, con calma, me llevo el cigarrillo a los labios e inhalo. Inhalo hasta que siento estallar el pecho, retengo el aire todo lo que puedo, y exhalo despacio. Una persona normal de mi complexión tiene una capacidad pulmonar estándar de cuatro litros y medio. Yo, que soy hijo de padre, tengo una capacidad de buceador profesional, según el médico, y unos pulmones exageradamente grandes: aproximadamente seis litros. Sonrío mientras pienso en mi padre, y repito el proceso. 

Termina la canción y empieza July, versión de Noah Cyrus y Leon Bridges. Lo que antes ha sido una alegría momentánea se convierte en un encogimiento del estómago. No soy capaz de escoger la canción más triste del mundo, pero esta se sitúa en el podio. Su silbido al final  me encoge de nuevo el corazón, mientras sigo fumando, así que me levanto, voy a mi habitación, cojo el tarro de mermelada y el grinder y vuelvo al salón. Mientras me siento con todo el equipo termina la canción. 

Y empieza Tiranosaurius Rex, de KaseO. Joder, pienso. Momentazo. Con cuidado, a conciencia, como quien realiza una tarea delicadamente crucial, destapo el bote de mermelada, cojo hierba (la cultiva el novio de mi prima en Denia, y cada vez que voy a verle, una vez cada tres meses más o menos, me regala bolsas llenas, envasadas al vacío para evitar el olor, 60 eurazos aproximadamente), la introduzco en el grinder y comienzo a girar. Javier Ibarra me dice luz que no ves porque tú la irradias, y sonrío. 

Me encanta Javier Ibarra. He seguido su proceso vital y me enamora. No quiero hablaros hoy de Basureta, pero en el momento que la escuché estaba enterrado muy profundo, y sus frases me acosaban, me representaban, me apuñalaban con enormes dosis de realidad. Sus canciones desde el Círculo me hacen pensar que ha tenido una movida muy tocha en la cabeza, y la manera y el discurso con los que ha salido de ahí me maravillan. Te pierdes lo bueno buscando el error, dice al terminar la canción, y vuelvo a sonreír.

Y mientras termina la canción y empiezo a volcar la hierba sobre el papel, empieza Young, wild and free, y la sonrisa deriva en una carcajada sana, profunda y limpia. Parece que los astros se han alineado y no pienso desperdiciarlo, por lo que sigo con mi plan. Termino de fumarme el piti de liar y cojo la cajetilla, blanda siempre, de Habanos, Herencia para los milenials (aunque dudo que ningún milenial fume Habanos), saco un soldado, lo miro detenidamente mientras lo giro entre mis dedos, me lo llevo a los labios, lo enciendo, e inhalo el humo puro del tabaco negro. Luego cojo otro, lo rompo y le pongo un poco de alegría al canuto. 

Y mientras estoy chupando el papel, nervioso y emocionado, termina la canción y empieza Angel, de Jack Johnson. 

Mierda. Toda la alegría momentánea, la paz que empezaba a sentir, se desmorona como un castillo de naipes, y surge de nuevo un barrunto en el estómago, que hasta se permite saltar. Me echo hacia atrás y me derrumbo en el sofá, con el canuto sin encender en la mano. El barrunto recorre las entrañas, el pecho, e incluso se permite un amago de ansiedad y lloro. Ahí lo llevas, me digo. Lo estabas buscando y lo has encontrado. Respiro profundo, suelto despacio el aire, me llevo el canuto a los labios, dejo que la canción diga she gives me presents with her presence alone, she gives me everything I can wish for, she gives me kisses on the lips just for coming home, y entonces prendo el mechero, enciendo el canuto y repito la calada más profunda de la que soy capaz. Esta hierba está cojonuda, no os voy a engañar. Retengo el humo en los pulmones el máximo tiempo posible y exhalo. La canción dura dos minutos y dos segundos, y antes de que termine ya le he dado otras dos caladas. 

Entonces empieza Sing for you, the Tracy Chapman. Me incorporo en el sofá, mientras el barrunto tensiona mi pecho de nuevo, y exhalo. I remember there was a time, dice. 

En mi caso no quiero recordar nada. Mi infancia terminó y yo ni me enteré de que había transcurrido. La adolescencia fue una explosión de experiencias nuevas y maravillosas pero, antes de que terminara, comenzó la depresión. Si bien es cierto que con algo más de veinte años la adolescencia debería haber terminado hace tiempo, soy de la década de los noventa, por lo que mi adolescencia termina cuando a mí me sale de los cojones. Comenzaron los vómitos por la mañana, la tensión vital, la incapacidad de dormir, los temblores de manos, pecho y alma. El primer psiquiatra dijo que tenía que dejar de preocuparme y empezar a ocuparme. Seguí vomitando, siendo incapaz de parar mi cabeza, con pensamientos girando como un tornado. Tenía la sensación constante de que mi corazón iba más deprisa, que se me iba a salir del pecho. Buscando comprensión pedía a la gente que pusiera la mano en mi pecho para que viera cómo me sentía, pero nadie notaba nada. Todos decían que estaba bien. 

Entonces comenzó la incomprensión. No se puede comprender lo irracional, creo. Lo racional se puede  estudiar, leer, o meditar. Puedo pensar sobre algo racional que no he vivido y acercarme a la experiencia, generando así empatía. Pero lo irracional no se puede conocer, aprehender, asimilar, si no es mediante la experiencia. Esa es mi gran virtud, que le follen a la humildad, haber comprendido por mi propio sudor y mi propio vómito que no se debe juzgar a nadie. 

Me estoy acabando el canuto y empieza La deriva, versión en directo, de Vetusta Morla. Entonces ya estoy bien jodido. Cuarteles de invierno, junto con Basureta, son las canciones de la depresión, y La deriva es la salida. Cada frase golpea mi corazón como una maza. He tenido tiempo de desdoblarme y ver mi rostro en otras vidas, dice. En ese momento todas las sensaciones se agolpan en mi pecho, el barrunto se convierte en terremoto, y empiezo a llorar y a reír a la vez. He enterrado cuentos y calendarios. Mi pecho estalla, y soy capaz de cruzar carcajadas y gemidos como un verdadero loco. He escuchado el ritmo de los feriantes poniendo precio a mi agonía, familias de erizos en sus manos frías. No soy capaz de retener ningún pensamiento, ninguna sensación, sino que todas se entremezclan en mi consciencia y alientan todos los nervios de mi cuerpo. No hay esperanza en la deriva. Permito que esos nervios se deshagan y sigo riendo y llorando durante un rato, pues sé que eso acaba dejando un cuerpo tranquilo y en paz. La experiencia es la madre de la ciencia. Habrá que inventarse una salida, que el destino no nos tome las medidas. 

Entra en escena Xoel López, con Lodo, al rescate. Trato de decirle a mi consciencia que quizá, cuando mires atrás, hayas andado el camino ya. Pero saber que lo he andado ya, muchas veces, no calma las sensaciones. Una náusea repentina sacude mi estómago. Rápidamente cojo la papelera y vomito. Odio vomitar, lo aborrezco, pero con el tiempo he aprendido a amarlo del mismo modo, pues al alto grado de sufrimiento cuando tu cuerpo estalla lo sucede un alto grado de paz fisiológica. 

Así que es el momento, me digo. Antes de otra canción. Saco el revólver de mi abuelo del cajón de la mesa y una bala. Hago girar el tambor, lo abro, introduzco una bala y lo hago girar varias veces. 

Mientras trato de limpiar mi mente y dejarla en blanco, un pensamiento la atraviesa con fuerza. Y me encanta. Así que cojo un bolígrafo y, por si acaso se pone en mi contra el azar, me pongo en el brazo los siguientes dos nombres, uno encima de otro: Seymour Glass y Jerome David Salinger. 

Suena Maybe it´s time, de Bradley Cooper. Con la mente limpia y todo hecho introduzco el cañón en la boca y aprieto el gatillo. 

Mariano Quinito

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