Desde la cuneta

De amistad verdadera

«¿Cómo vas a confiar en alguien a quien no le gustan los perros?», dice a menudo mi padre.

Es un hombre sabio. Aúna la lectura de cientos, tal vez miles, de libros con la experiencia de un hombre con una vida rica en anécdotas, vivencias. No es algo común en nuestros tiempos. Por lo general, nuestra sociedad se avoca cada vez más hacia el prejuicio, la búsqueda del pensamiento único, la atomización. Pero no quería hablar hoy de sociedad, sino de perros. De amistad. De quizá la historia de amistad más pura, verdadera y sincera conocida por el hombre.

Tan cercana, tan intrínseca, tan asumida como natural que se hace obviable, se pasa por alto.

Como tantas cosas importantes, las más importantes de la vida. Salud. Amor. Dios. Patria. Vida y Muerte.

Hace más de treinta mil años en un mundo cruel, frío e inmisericorde, en algún lugar de Europa, junto a una hoguera languideciente en los albores del amanecer, un hombre echó las sobras de su comida a un lobo famélico. Sin saberlo, sentó las bases de la historia de amistad más duradera de la historia. Una capaz de trascender generaciones, culturas, tradiciones, la vida misma.

El perro nos ha acompañado desde entonces. Alejandro Magno cargó en Gaugamela junto a Péritas, un terrible moloso capaz de matar elefantes. Los romanos los llevaron a la guerra en los confines más lejanos del imperio, los cristianos reservaron su uso para los enemigos de la fe verdadera. España los llevó al fin del mundo y más allá. Becerrillo forjó fortuna en el nuevo mundo, más temido por los nativos que arcabuz o caballo alguno. Alejados de la guerra, se han batido contra lobos para proteger nuestros rebaños, desenterrado a quienes quedaron sepultados en nieve, escombros, derrumbamientos. Detectan el mismísimo cáncer, guían a los ciegos, dan compañía a los ancianos, guardan de todo mal a los niños.

No escribiría estas líneas de no ser por mi socio Kimbo, un pastor alemán mezclado con belga. Su hocico de colmillos rotos cubierto de acero me salvó de más de un navajazo en su momento.

Soy, y lo he dicho en muchas ocasiones, un hombre inculto. Desprovisto de las lecturas y experiencia de mi padre, en muchos aspectos me muevo en el ámbito del instinto, la intuición. Quizá por eso sea capaz de ver lecciones para las siguientes generaciones en una trufa húmeda.

Lecciones que sólo pueden encontrarse ahí, no en un libro de texto o la pantalla de un teléfono móvil.

En una trufa húmeda, decía. O unas orejas tiesas. La mirada fija hacia el infinito, una cola recta. En un cuello erizado, un gruñido bajo. La tranquilidad de un cuerpo caliente a los pies de la cama, el suspiro después de un día largo. La felicidad de una vuelta a casa.

Las pequeñas cosas heredadas de aquel hombre junto a una hoguera hace treinta mil años. De su lobo. De la amistad, quizá no planeada (¿acaso alguna lo es?), llamada a durar más de trescientos siglos.

El mayor y más longevo proyecto de la historia de la raza humana.

Nunca unas pocas sobras dieron lugar a algo tan absolutamente maravilloso.

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Aunque últimamente asoma la patita en: https://twitter.com/LocoTorresReal

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